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La Coctelera

El Partido Carlista en la fundación de Izquierda Unida

El Partido Carlista en la fundación de Izquierda Unida

En 1986, tras numerosas reuniones entre los dirigentes de las organizaciones políticas y sociales que habían participado en la campaña del referéndum sobre la entrada de España en la OTAN, con la denominada “Mesa por el Referéndum” y posteriormente con la “Plataforma Cívica”, nació Izquierda Unida.

El 27 de Abril, en el despacho de la abogada Cristina Almeida, en la madrileña calle de Españoleto, se firmó el acuerdo por el que se constituía esta plataforma electoral de cara a las elecciones legislativas del 22 de junio de 1986. Participaron en la reunión representantes del Partido Comunista de España, Partido de Acción Socialista, PSUC, Izquierda Republicana, Federación Progresista, Partido Humanista, Partido Comunista de los Pueblos de España y el Partido Carlista. Además, como independientes, se adhirieron a este proyecto político el comandante Otero, el periodista José Luis Balbín, Juan José Rodríguez Ugarte, Humberto Da Cruz, el abogado Jaime Miralles, el profesor Antonio Elorza y Cristina Almeida. Se puede decir que se había conseguido la unidad de las principales fuerzas políticas a la izquierda del PSOE.

Como era de esperar, tras la presentación pública de la coalición en un hotel madrileño, las criticas comenzaron a aparecer. Alfonso Guerra utilizó su dialéctica para descalificar a IU, pero esa reacción por parte de un dirigente del PSOE ya se preveía. Lo que sorprendió mucho fueron las violentas manifestaciones de Santiago Carrillo, que de manera reiterada atacó la presencia del Partido Carlista en Izquierda Unida. En un mitin en el barrio madrileño de Villaverde Alto, el ex secretario general del PCE, recordó la presencia de los requetés en la guerra civil y habló de los tópicos habituales de quienes no saben lo que es el Partido Carlista. Pero Santiago Carrillo sí sabia quienes éramos, pues desde principio de los años 70, él había tenido numerosas reuniones con destacados dirigentes de nuestro partido, tanto en Francia como en España, y fruto de ellas, surgió la “Junta Democrática”. A Carrillo se le “olvidó” que el que fuera Secretario General del Partido Carlista, José Maria de Zavala, viajó por todo el mundo con un pasaporte falsificado, hecho por el equipo de magníficos expertos que tenía el PCE.

Desde la derecha y la ultraderecha, las críticas, evidentemente, también fueron notables. A pesar de todo, el Partido Carlista cumplió en todo momento lo pactado. Al no conseguirse el 22 de junio los resultados esperados, hubo quien aprovechó para decir que la culpa había sido por la presencia del Partido Carlista en IU (la deriva posterior tanto del PCE como de IU en una progresión creciente hacía la crisis total demostraría que tal afirmación no respondía a la realidad). A partir de ese momento, quienes consideraban que la izquierda era propiedad particular suya, mostraron síntomas de encontrarse a disgusto a nuestro lado, por lo que el Partido Carlista abandonó la coalición. Por cierto, muchos de quienes más nos criticaron, no tardaron en abandonar también.

Mención especial merece la postura mantenida por Gerardo Iglesias, secretario general por aquél entonces del PCE y candidato número 1 de IU por Madrid, quien en una entrevista publicada en el número 388 del periódico “Mundo Obrero” (órgano central del PCE) , del 5-11 de junio de 1986, defendió la presencia del Partido Carlista en IU, afirmando que “yo no voy a buscar el pasado de nadie, y mucho menos referencias históricas ancestrales”.

Lo que pudo ser, ahora hace 20 años, la base para generar y articular un amplio movimiento político a la izquierda del PSOE, se frustró por personalismos infantiles, actitudes sectarias y desmesurados apetitos electoralistas.

*artículo publicado en El Federal Nº 26 de abril de 2006

Crónica presentación de libro "Montejurra, 30 años después"

LA NUEVA ESPAÑA. 23.06.06.

Montejurra, 30 años después

CUCA ALONSO

Me preguntaba, en el transcurso de la presentación del libro «Montejurra, 1976-2006», celebrada en la sala de conferencias del Antiguo Instituto Jovellanos, hasta qué punto los asistentes a la misma estaban interesados en conocer,transcurridos 30 años, los pormenores de aquella concentración que acabó en tragedia o, por el contrario, habían acudido atraídos por un señuelo de importancia llamado Francisco Prendes Quirós, presentador del acto. La concurrencia no era muy numerosa, pero sí solvente, con personalidades como Mariano Abad, presidente del Tribunal Contencioso-Administrativo de Asturias; el ex secretario de CSI José Manuel Morala, o el humanista submarino Peltó.

Escuchar a Paco Prendes es un placer; las tribunas de rango nacional se han perdido un orador de postín. Tiene una voz redonda, es ingenioso, provocador y dispone de un vasto conocimiento en asuntos varios. Su intervención fue lo más interesante y clarificador de la velada. A la derecha del autor se sentaba el delegado de la Asociación Cultural Gijonesa, Rufino Galván, «Luarca», que definió el texto presentado como una cara más de la sacrosanta transición, ya que ésta había sido poliédrica.

Paco Prendes hizo un repaso por las efemérides que se celebran este año. Recordó que se cumplía el centenario de la bomba que arrojó un anarquista en la calle Mayor de Madrid, al paso de la carroza nupcial de Alfonso XIII. «También hace 50 años que yo terminé el Bachiller», añadió, «y 30 de Montejurra». Del libro dijo que era pequeño, pero saturado de sorpresas, ya que los sucesos de Montejurra nunca fueron explicados debidamente y no deben caer en la niebla del olvido. «Pone los pelos de punta conocer con qué tranquilidad, donaire y optimismo las fuerzas del orden, el rey y el presidente Carlos Arias Navarro, consintieron el atropello. El más bobu, cazador», dijo refiriéndose al ascenso a presidente de Arias tras la voladura del coche de Carrero Blanco. Había dos ministerios involucrados; el del Movimiento, encabezado por Adolfo Suárez, y el de Interior, con Fraga Iribarne, el gran consentidor de la operación, que oportunamente viajó al extranjero para no dar explicaciones. Montejurra acabó con el carlismo, un verdadero peligro, ya que su representante, Carlos Hugo de Borbón-Parma, estaba refrendado por un partido político y un gran movimiento social, era una persona formada, gran intelectual, es decir, todo un rey alternativo, luego se necesitaba erradicar la amenaza. «Se crea la gran operación de Montejurra, saldada con dos muertos y una docena de heridos». El libro está escrito por cinco autores, Evaristo Olcina, actual secretario del Partido Carlista; Juan Francisco Martín de Aguilera, abogado; José Ángel Pérez Nievas, presente aquel día en Montejurra; José María Zabala, y, por último, Joaquín Cubero, partícipe de la presentación en la tribuna jovellanista.

Joaquín Cubero tenía muchas cosas que decir, sin duda muy interesantes, pero apenas se le entendía. A su acento andaluz -es natural de Jaén- se sumaba un timbre de voz sordo; qué pena de mando a distancia para subir los agudos. Confieso que sufrí, no sólo porque me perdía una información avalada por documentos, sino porque de sus palabras pendía mi trabajo. Pude extraer un largo informe sobre la violencia de Estado ejercida en este país desde el reinado de Felipe IV, y una implicación directa de aquélla en los sucesos de Montejurra, «hasta el armamento procedía de la Guardia Civil».

Montejurra, treinta años después

LA NUEVA ESPAÑA 22.06.06

GIJÓN

Montejurra, treinta años después

Joaquín Cubero presenta un libro sobre los hechos de 1976, en el Antiguo Instituto

J. C. G.

Los denominados «sucesos de Montejurra» -que acontecieron en el monte navarro del mismo nombre durante una concentración anual del Partido Carlista en mayo de 1976 y que concluyeron con el asesinato de dos de sus militantes, recientemente reconocidos como víctimas del terrorismo por el Estado- constituyen el tema del libro «Montejurra 76-06», un volumen colectivo coordinado por Joaquín Cubero Sánchez que será presentado esta tarde, a las 19.30 horas, en el Antiguo Instituto, por el propio autor y el abogado Francisco Prendes Quirós.

El volumen, que cuenta con una introducción de Javier Onrubia, reconstruye históricamente los sucesos -en el artículo firmado por Cubero- y los analiza a través de las aportaciones de ex secretarios generales del Partido Carlista -Evaristo Olcina, José María Zabala-, el actual secretario general -José Ángel Pérez Nievas- y el abogado Juan Francisco Martín de Aguilera.

Según lo resume Joaquín Cubero, «Montejurra 76-06» insiste en la tesis que atribuye lo que ya oficialmente se considera un acto terrorista «a un atentado fascista preparado por el Gobierno». El estudioso y miembro del Partido Carlista desde la década de los setenta recuerda que «el propio ex general de la Guardia Civil Sáenz de Santamaría admitió que estaba clara la participación del Gobierno y de Manuel Fraga» en un acto que además «implicó la intervención de más de veinte ultraderechistas italianos, tres miembros de la Triple A (organización terrorista argentina)» y del francés Jean Pierre Cherid, mercenario que acabaría muerto al manipular una bomba como miembro de los GAL.

El investigador estaba allí aquel primer domingo de mayo, como parte de una celebración que, aunque autorizada por su carácter en principio religioso, había adquirido -según Cubero- un carácter de «punto de encuentro de las fuerzas progresistas» que explicaría la virulencia del ataque de la extrema derecha que concluyó con la muerte de Ricardo García Pellejero y Aniano Jiménez Santos. El choque además se encuadraba en la pugna entre las dos tendencias carlistas: la leal a Carlos Hugo de Borbón y la partidaria de Sixto de Borbón-Parma.

«Cuando estaba a punto de iniciarse el vía crucis hasta el monasterio de Irache ya hubo agresiones y rechazos, pero la Guardia Civil miró para otro lado, y lo mismo sucedió con los 500 o 600 policías que no intervinieron para nada cuando los fascistas provocaron a lo largo de todo el vía crucis. Cuando faltaban cinco o seis cruces, con la cima ya ocupada, hubo unos disparos. Yo los oí. Hice la mili en el Sahara y reconocí el sonido: eran de una MG42, una ametralladora del Ejército que necesita dos personas para ser disparada», rememora Cubero. De resultas de aquellos disparos murieron los dos carlistas mencionados, reconocidos como víctimas del terrorismo en 2003, y cayeron heridas varias personas más. «No llegué a estar en mitad de aquello porque estaba ya arriba, en el santuario, pero sí vi todo el revuelo y a la gente ensangrentada», concluye el autor.

Joaquín Cubero ha dedicado una década a sus investigaciones, que en buena parte se han nutrido de los documentos judiciales relacionados con las ramificaciones en Italia de la denominada «Operación Gladio», una red secreta anticomunista «impulsada por la CIA» en Europa. Los implicados italianos en Montejurra habrían sido «entrenados en Atenas tras el golpe de los Coroneles por miembros de la CIA».
La divulgación de estos datos también aspira a recordar, según Cubero, que «el carlismo se refundó y manipuló a partir de la guerra civil, cometiendo un abuso de la mentalidad religiosa carlista, igual que se manipuló a los católicos».
«Para no ser acusado de parcialidad, el libro también incluye un epílogo en el que se recoge la versión fascista de estos hechos, tal como fue recogida en una publicación argentina», concluye Cubero.

La necesidad de profundizar en la necesidad de una Nueva Izquierda Carlista

http://miarroba.com/foros/ver.php?foroid=277991&temaid=2960525

¿Estado confederal o confederación de Estados?

¿Estado confederal o confederación de Estados?

Carlos Taibo (Profesor Titular de Ciencia Política, Universidad Autónoma de Madrid)

El País, viernes 8 de Enero, 1999

Los conceptos de Estado federal y de confederación han sido, junto con otros parejos, fuente permanente de disputas. Algunas de ellas han reaparecido entre nosotros al calor de la declaración que en Barcelona suscribieron, meses atrás, el Bloque Nacionalista Galego, Convergència i Unió y el Partido Nacionalista Vasco. Cuando hablo ahora de disputas, no me refiero a las derivadas de la confrontación de proyectos políticos que, legítimamente, esgrimen visiones distintas con respecto a la conveniencia de una u otra fórmula. Lo que tengo en mente es, antes bien, la presencia de criterios muy dispares a la hora de evaluar lo que es un Estado federal o las condiciones que deben revelarse para que pueda hablarse de una confederación. Si el uso periodístico de estos términos, a menudo poco riguroso, ha enturbiado algunos debates, tampoco puede despreciarse la perniciosa influencia ejercida por los propios calificativos, tantas veces cargados de equívocos, que los Estados se atribuyen. Baste con recordar que Suiza es un Estado federal por mucho que haya dado en llamarse Confederación Helvética, de la misma suerte que la URSS de otrora se antojaba en los hechos un Estado unitario hipercentralizado pese a la retórica que lo describía como un Estado federal.

Dicho esto, bueno es que recordemos someramente cuál es la visión más extendida de lo que significan los conceptos que nos ocupan. En ella suele distinguirse entre tres fórmulas de relieve: el Estado unitario, el Estado federal y la confederación de Estados. El primero, el Estado unitario, reserva al poder central todas las capacidades y rechaza, al menos en la teoría, cualquier veleidad descentralizadora. Y digo en la teoría porque muchos de los Estados unitarios contemporáneos han asumido una progresiva descentralización, unas veces por la vía de la creciente complejidad de sus funciones administrativas, otras de resultas de una decisión política que ha abocado en genuinas estructuras, bien que delegadas y dependientes, de autogobierno. Tan es así que en muchos casos se ha hablado de "Estados unitarios descentralizados". El criterio más común entiende que el Estado de las autonomías perfilado en la Constitución española de 1978 se ajusta en plenitud a esta realidad novedosa y se halla a mitad de camino, así, entre los Estados unitarios clásicos y los federales.

La teoría dice también que en un Estado federal, que es un Estado en el sentido pleno de la palabra, se distingue entre el ámbito del poder central y el correspondiente a las diferentes entidades federadas, que lo común es que dispongan de capacidades de autogobierno mayores que las imaginables en los Estados unitarios descentralizados. Esto aparte, en un Estado federal deben hacerse valer algunos requisitos que no tienen carta de naturaleza en los Estados unitarios. Entre ellos se cuentan la existencia de una Cámara de representación territorial, el desarrollo de mecanismos que permiten que las entidades federadas participen en la configuración de la voluntad común o la posibilidad de que esas entidades modifiquen por su cuenta sus constituciones, siempre y cuando no vulneren lo establecido en la Constitución federal. Es verdad, sí, que hay numerosos ejemplos de Estados federales que no satisfacen de manera puntillosa estos requisitos, como es innegable —y esto resulta más relevante por lo que tiene de recordatorio de la condición nebulosa de estos conceptos— que no todos los Estados federales exhiben un grado de descentralización mayor que el que se manifiesta en algunos Estados unitarios descentralizados. Las cosas como fueren, ejemplos de Estados federales son el de Alemania, el de EE UU o el de Yugoslavia, que feneció en 1991.

A diferencia de los dos conceptos anteriores, el de confederación no remite a una forma de vertebración interna de un Estado. La teoría reserva este término para dar cuenta de un pacto que, en virtud de un acuerdo internacional, y con intención de prolongarse en el tiempo, suscriben Estados plenamente independientes y soberanos que, sin perder tal condición, deciden poner en común algunos elementos —las necesidades militares han estado en el origen de muchas confederaciones— de sus políticas. Conforme a esta definición, parece claro que no debe hablarse de Estado confederal y sí de confederación de Estados. Un ejemplo de confederación lo aporta hoy la Comunidad de Estados Independientes, la CEI, cuyas doce partes integrantes son Estados soberanos que, sin renunciar a su condición de tales, han optado por establecer, o al menos esto es lo que parece, determinados elementos de política común.

Hechas estas rápidas, y a buen seguro demasiado simples, observaciones llega el momento de preguntarse qué sentido tiene hablar, como entre nosotros se hace en los últimos tiempos, de Estado confederal. Al respecto, lo primero que cabe suponer es que la expresión no es producto de la improvisación, y menos aún del error, y ello aun cuando —esto es al menos lo que aquí se sugiere— no delimita una realidad fácilmente comprensible y acaso debiera ser sustituida por otra, la de confederación de Estados, que acabamos de invocar. Examinemos, de cualquier modo, algunas de las observaciones que pueden aportarse a la hora de discutir si es saludable o no —más aún, si es clarificador o no— hablar de Estado confederal.

En primer lugar, la acuñación de la expresión podría responder al deseo de trascender un modelo de Estado, el federal, percibido como un paso en falso en el camino hacia la plena emancipación de viejas tutelas. No parece, sin embargo, que haya otro horizonte de superación del Estado federal, en el sentido de amplificación de las atribuciones de las partes que lo integran, que el que conduce a una independencia plena a la que podría seguir, eso sí, la firma de un acuerdo confederal entre Estados ya independientes. En otras palabras, y de nuevo con arreglo a una teoría cuyas limitaciones ya hemos glosado, el Estado federal se antoja la cima de la descentralización y del autogobierno imaginables en el marco de un Estado común.

En segundo lugar, se ha aducido que en el núcleo de un Estado confederal se insertaría el principio de la soberanía compartida. Limitémonos a subrayar que el contenido de este principio ha suscitado visiones muy enfrentadas. Así, hay quienes aducen que también en los Estados federales tiene pleno vigor la regla de una soberanía compartida entre el centro federal y las entidades federadas. Algunas de las lecturas de la Constitución española de 1978 sugieren que en ella era perceptible también el ascendiente del principio que nos ocupa, con la soberanía compartida entonces entre el Estado central y las comunidades autónomas emergentes. Claro que, para embrollar aún más el debate, no faltan tampoco los convencidos de que nos encontramos ante una contradictio in terminis: la soberanía no puede compartirse, en la medida en que su condición exige, por definición, su carácter pleno y absoluto.

Si los defensores de un Estado confederal estiman, como parece colegirse de algunas declaraciones, que un rasgo decisivo de aquél sería el hecho de que la soberanía reside en cada una de las partes integrantes, que optan, eso sí, por compartirla, siquiera temporalmente, con una instancia más o menos unificadora, habrá que concluir que el término chirría un tanto. Aunque está lleno de sentido en lo que tiene de voluntad de subrayar dónde reside el peso de la soberanía —en las partes que firman, y no en la instancia unificadora—, habrá que preguntarse una vez más si la propuesta en cuestión no remite, antes bien, a una confederación de Estados que, independientes y soberanos, optan libremente por poner en común algunas de su políticas.

No es fácil imaginar, por decirlo de otra manera, que entre el Estado federal y la confederación —dos fórmulas ontológicamente diferentes— exista un escalón intermedio en el que se manifiestan simultáneamente rasgos de uno y de otra, y ello aunque con alguna generosidad pueda admitirse que las formas menos laxas de confederación en algo se asemejan a las más abiertas y concesivas de Estado federal. En un plano próximo, no parece que el término Estado confederal sea de recibo para dar cuenta de realidades, nebulosas y poco edificantes, en las cuales un Estado federal funciona en los hechos a la manera de una confederación, o una confederación se despliega en la realidad como si de un Estado federal se tratase.

Según alguna de las visiones al uso, y en tercer lugar, el sentido de fondo de la reivindicación de un Estado confederal estribaría en que a su amparo se vería reconocido sin tapujos el derecho de autodeterminación de las partes integrantes de aquél. No parece, sin embargo, que el asunto de la autodeterminación tenga demasiado que ver con nuestra polémica. Subrayemos, por lo pronto, que el derecho de autodeterminación puede reconocerse en el marco de un Estado federal —e incluso, seamos imaginativos, de un Estado unitario—, de tal suerte que no se antoja imperiosamente necesario perfilar con este propósito una entidad nueva como sería, a la postre, un Estado confederal. Esto aparte, y en buena lógica, si lo que impera es el designio de garantizar la posibilidad futura de la autodeterminación, no parece que un Estado confederal sirva de gran cosa: tal Estado sería uno de los resultados posibles de la aplicación pasada del derecho de autodeterminación antes que el aval para su despliegue venidero.

En algunos de los análisis que han visto la luz en los últimos meses se ha sugerido, en fin, que tras la demanda de un Estado confederal despunta un apreciable designio de moderación: como quiera que la propuesta incluida en la declaración de Barcelona levanta ampollas en muchos de los poderes establecidos, se trataría de subrayar que a su amparo se sigue reivindicando, pese a apariencias y lecturas interesadas, un Estado común, con lo cual se estaría rehuyendo, por fuerza, el horizonte que se perfila en torno a una palabra de emotivas connotaciones: independencia. Esta lectura de los hechos, ajustada o no, tiene un liviano valor que en lo que a la discusión de procesos reales —y entre los reales se incluyen, por qué no, los jurídico-formales— se refiere. Por eso, y por una razón adicional como es la de que no parece haber en el planeta ejemplo alguno de Estado confederal, sería acaso saludable que los firmantes de la declaración varias veces mencionada sopesasen si no es más razonable concretar sus demandas en una confederación de Estados.

Con tantas disputas terminológicas que se cruzan, y con conceptos tan evanescentes, nada sería más absurdo que pretender que las tesis aquí defendidas son irrefutables. Aceptaré por ello de buen grado que me enmienden la plana, si así les parece, quienes sostienen que es preferible utilizar el término Estado confederal, y no el de confederación de Estados, o, en su caso, quienes sugieren que nos hallamos ante dos realidades palmariamente distintas.

El carlismo navarro y el resto de fuerzas políticas

http://www.noticiasdenavarra.com/ediciones/2006/06/08/politica/navarra/d08nav18.618944.php

Alli es el más valorado; Sanz, el más popular y Chivite no gusta a sus votantes

Ninguno de los políticos navarros logra ser aprobado por los encuestados

Por edades, Ion Erro es el mejor valorado entre los más jóvenes, y el actual presidente es el preferido por los mayores

M.Bidegain

Pamplona. El presidente de CDN, Juan Cruz Alli, sigue siendo el político mejor valorado por los navarros, siendo el presidente del Gobierno, Miguel Sanz, el más conocido; mientras el secretario general del PSN, Carlos Chivite, es el líder menos considerado por los votantes de su partido. Ninguno de los políticos consigue el aprobado.

Según el Estudio sobre la Actualidad de Navarra , presentado ayer por el presidente del Parlamento foral, Rafael Gurrea, y por los responsables de la empresa a la que se encargó su elaboración (Cies), Juan Cruz Alli es el mejor valorado de los políticos navarros, aunque no llega a ser aprobado por los encuestados y consigue una puntuación del 4,7%. Le sigue, con un 4,4, Miguel Sanz, y a continuación están Patxi Zabaleta y Ion Erro (ambos con 4,1), Carlos Chivite (4,0), Milagros Rubio (la concejal de Tudela por Batzarre, 3,9), Begoña Errazti y José Ángel Agirrebengoa (3,8), José Ángel Pérez-Nievas (del Partido Carlista, 3,3) y Joxé Pernando Barrena (3,0).

Cada entrevistado valora más a los líderes de los partidos a los que se propone votar. Así, Miguel Sanz alcanza el 7,4% entre quienes apoyarán a UPN en las próximas elecciones. El menos valorado por sus propios votantes es Carlos Chivite, que recibe un 5,4 de los votantes socialistas. Por edades, Ion Erro es el más valorado entre los menores de 35 años, Juan Cruz Alli entre los de 35 a 55 años, y Miguel Sanz es el preferido para los encuestados mayores de 56 años.

los más rechazados Por otra parte, Miguel Sanz y Pernando Barrena son los políticos que mayor rechazo generan entre los votantes de otras fuerzas políticas.

En cuanto a la popularidad, prácticamente todos los entrevistados -el 95%- conocen al presidente del Gobierno y de UPN, y el 78% a Juan Cruz Alli. Más de la mitad conocen también a Carlos Chivite (70%), Patxi Zabaleta (66%) y Begoña Errazti (60%). A Pernando Barrena lo cita el 50% y a Ion Erro el 47. Los que cuentan con el menor grado de notoriedad son el presidente del PNV de Navarra, José Ángel Agirrebengoa (sólo lo nombra el 21%), el líder del Partido Carlista, José Ángel Pérez-Nievas (29%) y Milagros Rubio (42%).

La mayoría de los navarros siguen la actividad política a través de la prensa escrita y, en menor medida, se enteran de las noticias por la televisión.

Carlistas por la Confederación

Tu nuevo espacio para el debate sobre el carlismo, el socialismo, la autogestión y la confederación de las Españas.